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Jugando con mi padre

 

Pasé gran parte de mi niñez jugando con mi padre. Así me enseñó. No fue fácil, pero si divertido. Incluso en los momentos más complicados de su vida encontraba un instante para calmarse y mantener su alegría; hacía que su mente se divirtiera con cosas nimias. Así encontraba las soluciones que buscaba.

Con los años, los amplios, claros y escasos pasillos del edifico de Uristium fueron nuestros cómplices; nos sentábamos largas horas a hablar en el suelo, sobre cojines; como cuando era pequeña. Sé bien que fue Carmen Ukiuk quien le enseñó a ser así y que fue también, tirado en el suelo con mamá a su lado, como pudo encajar las piezas del puzle que resolvieron la tecnología Stium, el tratamiento de excitación plásmica de la materia que le hizo famoso.

Muchos creían que esa técnica era su niña bonita, pero no le conocían como yo. Solo había espacio para un gran amor en su vida y estuvo siempre ocupado por mi madre, incluso antes de aparecer en su vida. Fue esa sensación de que su futuro estaba lleno lo que le convenció de que era posible hacer tangible y manejable el aspecto oscuro de las reacciones químicas.

Sentada junto a él, le escuché mil veces la historia de cómo mi madre le obligó a conectar todo lo que había imaginado en el viejo sótano de la abuela Kame. Mientras me la contaba sonreía y hablaba de cómo los Kikutake siempre han sido parte de nuestra familia y le proporcionaron, en aquel momento, el aislamiento necesario para entender la química oscura y luego poder crear un sistema Zero Gravedad que produjera la excitación del aspecto invisible de cualquier elemento químico.

Al viejo Juan le parecía cuanto menos curiosa la ironía de haber tenido que bajar a aquel sótano, sombrío y en penumbra, para poder conectar con los aspectos no visibles de la tabla periódica.

El verle observar la fábrica en Úrsula y cómo funcionaban las inteligencias artificiales que fabricábamos allí, hacía que se me arrugara el corazón. Absorto mientras caminaban, reían y lloraban pensaba en el viaje hacia la conciencia que tendrían que empezar tarde o temprano.

Era entonces cuando yo bromeaba con la idea de que, sin esa caída del cielo al infierno de aquel sótano, Xello no habría nacido nunca. Saber que me casaría con una de ellas fue lo que le cambió.


Jugando con mi padre

David Flores

 

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